"I dreamt I went to heaven and that heaven didn't seem to be my home and I broke my heart with weeping to come back to earth and the angels were so angry they flung me out in the middle of the heath on top of Wuthering Heights and I woke up sobbing with joy"
“Pero esa expresión, locamente enamorado, está tan manida, es tan ambigua y tan indefinida, que no me dice nada. Lo mismo se aplica a sentimientos nacidos a la media hora de haberse conocido, que a un cariño fuerte y verdadero”.
J. A.
A menudo, cuando discuto algún tema con una especial carga subjetiva, como puede ser la política, la religión o como no, los sentimientos, me encuentro que la conversación sólo se puede sostener si tratamos la cuestión desde un punto de vista teórico y nos alejamos todo lo posible de las consideraciones más personales.
No soy de las personas quedan su opinión a la ligera, por imposibilidad, timidez o simple pereza.
En la mayoría de las ocasiones dudo que la visión personal, la más instintiva, pueda dar mucho de sí en una discusión. Toda idea es, desde mi punto de vista, respetable y no ha lugar a debate . Nunca he tenido intención de evangelizar a nadie con mi perspectiva.
No obstante, cuando hablamos de algun tema, deberíamos tener en cuenta que las cosas se pueden abordar desde dos enfoques distintos, desde el ideal o desde lo realizable según las circunstancias. Esto puede parecer evidente, pero hay quién no lo sabe o no lo quiere quiere distinguir. Podemos caer en el peligro de tomar una opinión por una idealización teórica, más cercana a la literatura y la filosofía, que a lo que en tal caso se haría. O viceversa. Y uno se convierte a ojos de los otros en un ser artificioso o en un ingenuo.
Una vezaclarado este punto, si es que lo he expuesto inteligiblemente, me siento con las espaldas suficientemente cubiertas para poder hablar de un tema tan escurridizo como son los sentimientos.
Mi profesor de literatura medieval de la universidad comparaba el amor con una crisis (y Denis de Rougemont lo compara con una alergia).
En efecto, en el momento del cataclismo uno recurre instintivamente a la estrategia que le fuebien la última vez, y haciendo un símil con el contexto económico mundial actual, lo que funcionó en la última crisis, en el último enamoramiento, puede no funcionar ahora. Lo jodido del asunto es que uno se encuentra desprovisto de todos sus recursos cuando más los necesitaría y lo único que puede hacer es tirar de remiendos de la última teoría e ir tanteando, que no improvisando, el terreno para salir de tal crisis. No hay clave absoluta. Quién afirme tajantemente tener la solución o es un memo o un mentiroso, y ahora me refiero a cualquier contexto.
Independientemente de que la historia tenga un final feliz o desdichado, ésta requiere de cierta acción. Y no me refiero necesariamente a hechos, pero sí al cambio del sujeto, implícito a su nuevo estado “mental”, pero también a la transformación que hace intencionalmente para salir victorioso de la situación, para conquistar su objetivo. En cristiano, se tiene que espavilar.
Al decidir tomar esto como cierto, poco se entiende la fascinación del imaginario contemporáneo hacia relaciones como la de la desdichada pareja de amantes veroneses. El refranero popular dice de esto, y a propósito de otra famosa pareja, “tonta ella y tonto él”.
Nuestro ideal de amor actual es la mitificación de un calentón adolescente, lo que espero que no sea simptomático. Me pregunto cuanta gente realmente se habrá leído la obra. A mi juicio muy poca, puesto que tanto ensalzan dicha relación. En cuestión de genios literarios creo muy poco en la casualidad, y por algo el señor Shakespeare creó la figura de Rosalinda, de la que Romeo anteriormente había estado tan “locamente enamorado” y de cuya mudable pasión sus amigos se burlan.
Otra de las tibiezas con la que todos nos solemos llenar la boca es con la expresión “amor platónico”, a saber, un sentimiento fatal del que se excluye toda concupiscencia y que es propio de las novelas de caballerías y otras paparruchas por el estilo.
Lejos de criticar esta vulgarización, debemos tener en cuenta el sentido real del término y el secreto que entraña, que no es otro que la frustración de saber que tal sentimiento no es otra cosa que el amor hacia la sombra en la caverna de un concepto que sólo existe en el mundo de las ideas, en los libros, en la literatura.
La idea más elevada del hombre es un invento cultural. Y por si esto fuera poco decepcionante, la trascendecia amorosa que el ser humano busca, la totalización con su objeto amado, sólo se encuentra en la muerte puesto que de ninguna otra manera dos entidades, dos personas, pueden unirse completamente.
Pero esta es sólo la visión más estricta que en el “amour courtois” seguirían, utilizando el lenguaje propio del momento, unos cuantos “perfectos” y que se refleja de manera mucho más fiel en las “cansons” trovadorescas que en los “romans”.
La novela quizá requería de más juego, y es por eso que en ella, los “iniciados” plasmaron no sólo el conflicto de convivir con tal sentimiento, sino algunos posibles apaños para trampear la penosa situación.
El título no miente. “Mystified” te sumerge en la atmósfera ya representativa de todo el álbum, etérea, colorista, delicada y chorreante de composiciones pentatónicas.
Este es un track muy a la McVie: melodía estructurada, dulce, entrañable y con un mensaje esperanzador, como todas sus canciones de “Tango In the Night”, seguramente gracias a la relación que mantenía entonces con el músico Eddy Quintela, un remanso de cordura después de sus idas y venidas con Dennis Wilson (Beach Boys), que había muerto hacía unos pocos años, y para el que compuso en su momento “Hold Me” (Mirage, 1982).
“Mystified” también cuenta con la colaboración de Lindsey Buckingham, que co-escribió el tema. Y esto se nota en algunos giros de la melodía, como el bridge que enlaza las diferentes estrofas, sin dejar de recordar su presencia vocal en el estribillo (mystified, mystified).
Pero después del vuelo, es necesario tocar con los pies en la tierra. Aquí es cuando viene uno de los sencillos más canturreados del grupo: “Little Lies”. Con su característica intro de “Solina”, esta canción es un must de las emisoras nostálgicas. Otra típica canción Christine McVie: catchy, pop y sencilla, pero sólo en apariencia. Corren por la red algunas recopilaciones de maquetas y tracks usados en la producción de “Tango In The Night” entre el 85 y 86 en los que uno asiste a la construcción de la canción, y con este ejemplo uno se hace a la idea del proceso musical del álbum. Por ejemplo, existe una toma (con su nostálgico ruidito de bobinas analógicas incluido) de la parte de guitarra, casi imperceptible en la versión final, pero que sienta los cimientos de todo el tema. Otro track interesante es una demo en la que el estribillo de “Tell me lies, tell me sweet little lies” deja espacio a la instrumentación y se obvia a Buckingham y Nicks en los coros de la versión definitiva (tell me lies,tell me, tell me lies…) y además la repetición del estribillo se substituye por “you can try, you can try to disguise”, que al final se convertiría en el conocido “Oh no, no, you can’t disguise”. Las demos no cuentan con Nicks, ya que en el momento de la composición del disco estaba en Betty Ford quitándose de la cocaína (parece que el hecho de descubrir que tenía un agujero como un dedo en el septo la hizo decidirse, por fin). Sus voces fueron añadidas casi en el momento de la postproducción. Siempre me ha parecido que “Little Lies” tiene un gustillo así country, pero no os podría decir que fue antes, si mi opinión o ver el vídeo en el que salen vestidos de granjeros en una finca rural. De pequeña estaba fascinada con ese clip. Quizá porque me preguntaba quién era ese tío tan guapo de piel tersa y tostadita e intimidantes ojos azules, o porque Christine McVie y Stevie Nicks me recordaban a mis tías gemelas Mari y Mati, con el pelo rubio permanentando y bufado, el flequillo, y esos ojos generosos de sombras.
Otro detalle a comentar del vídeo es el tono melancólico de atardecer en el campo que lo impregna todo: las caras largas de los miembros del grupo, la no interacción de algunos miembros, que en ningún momento salen todos juntos, y el montaje, que prima mucho la figura de Buckingham, que aparece como solitario, triste, quizá más que el resto, en horas bajas previas a su polémica (y dramática casi a lo “Brontë”) marcha de Fleetwood Mac.
No obstante, no soy la única que se preguntaba qué era antes, si el huevo o la gallina. En entrevistas posteriores a la fuga de Buckingham (un día lo explicaré con detalles, y citas de sus protagonistas, porque es tema de tesis doctoral) Chris McVie señala el encaje perfecto entre el tema de "Little Lies" y el final del line-up clásico del grupo, y cómo podían oler la espantada del guitarrista. El ambiente general del video también parece reforzar este hecho, pero son cosas que pasan, no sólo en el peculiar mundo de la música, como cuando uno abre un libro que parece haber sido escrito para reafirmar nuestra situación personal.
Para los amigos de siempre y los que escogieron otro camino. Para mi amiga Montse, aunque la tenga algo dejada, con especial cariño ;)
"Two friends, with such a love to give, I don't know where you are, what your going through -now- what are we trying to prove?" Thomas Dolby-Don't turn away.
Sólo faltaban unos días para el verano, y la noche, con una chaqueta fina, era de lo más agradable. Estábamos nosotros sentados en una terraza del centro del pueblo, con nuestras cervezas, con nuestro piti, tan tranquilitos, contando los últimos cotilleos, cuando las caras de mis amigos, sentados enfrente de mí, se tornaron sombrías. Las risas se apagaron, como si hubieran visto de repente un fantasma o una tía espectacular correteando por delante del Casino. Las dos cosas. Mi amiga Montse se revolvió nerviosa en el asiento y le metió un largo trago al vaso, mirándome. Albert, sentado enfrente, se incorporó y saludó con la cabeza a una presencia que empezaba a notar detrás de mi espalda. Me giré y allí estaba nuestro antiguo amigo David, con una chica en la mano, que nos miraba sin ninguna expresión. No se honró a darnos ningún beso a nadie, con lo que pensamos que su aparición sería un hola y adiós, a lo que nos hemos habituado con el tiempo. David sonreía triunfante, oculto en sus gafas Rayban en plena noche, seguro de su atuendo moderno y estilizado. La vacilante novia, dos pasos más atrás que él, nos inspeccionaba con curiosidad, como uno miraría una panda de hippies en un local de moda. Nadie se sentía cómodo, y menos mi amiga Montse, eterna enamorada del susodicho, que apenas levantaba los ojos de su vaso. Apenas podía ver la ideal pareja detrás de mí sin parecer descarada, así que volví a mi bocadillo grasiento de chistorra que mordía furtivamente, desgarrando el pan con ansia. Hubo un revuelo de sillas y de ofrecimientos protocolarios, y en un decir amén, me encontré con una espesa melena castaña a tocar de mi hombro, y con la sonrisa estirada de David en mi diagonal derecha. Podía notar el nerviosismo de Montse al otro lado, que cogía las patatas fritas con la mano abierta, y las devoraba sin piedad, no sin antes maltratarlas un poco entre sus dedos. A menudo le digo que hizo mal en dejar el tabaco.
David fascinaba a mis amigos con sus vulgares tretas de triunfador inseguro; sus historias sobre la noche de Barcelona y sus devaneos con grupos alternativos, la cocaína y las drogas de diseño acaparaba toda la atención de la mesa. Hablaba excesivamente alto, y restaba importancia a algunos de sus logros profesionales con la misma vehemencia con la que exhibía sus aventurillas. Su novia, mientras tanto, sonreía y acataba todo lo que él decía con una sonrisa devota, pero apenas hablaba. Tenía una voz aguda y un poco nasal, pero fácil de olvidar, ni siquiera destacaba por cómica. La compañía me estaba poniendo frenética, y como me suele suceder en estos casos, mis nervios eran proporcionalmente iguales a la calma y el desinterés que mostraba, concentrada en mi bocadillo y en una esporádica conversación alternativa con Montse, que atacaba el paquete de tabaco de Joan, demasiado alucinado como para darse cuenta del robo. En esos eternos cinco minutos, David me lanzó alguna mirada esperanzada de vez en cuando, que se topaba con mi nuca o mis cejas alzadas. Los lances visuales se encarnecieron y empezó a pellizcarme con algún comentario referido a mi profesión o a mis gustos, que camuflaba perfectamente en la conversación general para ignorancia del resto, que poco a poco fue abandonando su atención.
Montse mientras tanto se hundía cada vez más en la silla. Miraba a la susodicha, como la bautizamos más tarde, tan delgada y alta, con sus shorts tejanos y su blusa roja, todo ello rematado con un pequeño bolso de piel negra. Sabía lo que pensaba Montse: que la novia de David tenía un aire a aquellas cantantes con voz defecativa que tanto le gustan, esas chicas monas con vestiditos minis vaporosos, que escriben canciones livianas y aburridas, guitarra en mano, y que llenan escenarios alternativos con sus diarreas pretenciosamente naives, lo que intrínsecamente es una contradicción. Recordé en ese momento cuanto me había insistido Montse para ir a una de esas actuaciones y cuantas veces le dije que no, que ese rollo me hastiaba. Mi amiga es una tía guapísima, con su pelo rubio y sus ojazos verdes, muy inteligente y leída, pero tiene un gusto pésimo para la música. Fue por este flanco por donde atacó David. Sentí como se giraba y como desbordaba todo el tronco encima de su sorprendida novia, para arrojar su pregunta hacia mí, que excusó con una referencia general:
-¿Vais a ir al concierto de tal?-dijo como si tal cosa.
Con toda normalidad contesté por las dos, puesto que conocía su verdadera intención. Hizo algún comentario descafeinado y siguió con su sudada estrategia. La novia se encontraba atrapada entre él y la silla, casi inmóvil, atenta con sus enormes y vacios ojos, que se movían de Montse a mí con el desconcierto de una ternera que no sabe que acaba de entrar en el matadero.
-¿Y cómo te va el curro?
Lancé un suspiro.
-Muy bien, la verdad, ya sabes, de arriba abajo, a mi me apasiona, ya me conoces-y añadí esto último con toda maldad.
David se sintió obligado a dar una explicación de un comentario al que la florecilla de su novia no había ni reparado.
-Ésta y yo somos viejos amigos. Des de la infancia. Teníamos cinco o seis años y ya nos tirábamos piedras en el descampado. Nos disfrazábamos de piratas e íbamos a buscar un tesoro, nos inventábamos mil historias.
-Luego –dije retomando el discurso con una falsa empatía-él se venía a comer a casa y veíamos películas de Disney por la tarde.
Evitaba mirarle a él, y en la expresión de la chica podía ver su complacencia de que la amiga de su novio fuera tan atenta con ella. Pero David conocía el dardo, y cuando había mencionado el episodio de las tardes en mi casa su mirada se había oscurecido. Podía ver como discurría por su mente el estrecho y marginal edificio donde vivía de crío con sus padres, que le ignoraban y le dejaban suelto todo el día por el barrio a su suerte hasta que se hizo mi inseparable amigo.
Aquello era un reproche por su cambio, del chico sencillo de la puerta de enfrente a criatura cosmopolita e irritante. David miraba de reojo a todo el grupo de amigos. Admiraba y envidiaba por igual ese ambiente, esos chicos y chicas de familias del pequeño comercio del pueblo, funcionarios o de profesiones liberales, gente con apellido y relaciones, lo que se llamaba “de tota la vida”. Recuerdo cuando se los presenté la primera vez. Teníamos catorce años, y mientras nosotros caminábamos despreocupados por el centro del pueblo, David flotaba con su helado en la mano, mirando a todos lados, alucinado de ver todas las amistades que se paraban por la calle, conocidos de los diferentes barrios, de los equipos de deporte donde jugaban mis amigos, de los grupos de baile y de pintura. Este último detalle le marcó. David pintaba muy bien, aunque era autodidacta. Todavía tengo colgado en mi habitación un cuadro suyo de un paisaje: la silueta de la ciudad cortada por el campo y Montserrat al fondo. Es precioso y tiene unos colores increíbles “de atardecer solitario” como él dijo. Ésa fue de las pocas pinturas que logró completar. Obsesivo con las cosas que le gustan, se precipitaba tan enérgicamente que la pasión le duraba muy poco.
A cada encontronazo de la noche, David retomaba una pequeña conversación con alguno de mis amigos, aunque de vez en cuando me retaba con sus enormes ojos azules. Estaba atento a la charla que tenía con su novia. La chica cayó en la evidencia y oímos un vacilante murmullo nasal.
-¡Ah! Esta es tu amiga, la pelirroja, claro. ¿O sea que tú eres la famosa Sara?
Confiada por el gran descubrimiento, se arrancó a hablar conmigo, muy bajito, con su voz gangosa.
Le contestábamos con neutralidad, porque hasta a mí me parecía que me hubiera pasado al decir que su estimado novio y amor nunca nos había dicho una palabra de ella.
La despechada Montse ya se las había ingeniado para saber de Carla, que es como se llamaba, ya que tenía una amiga que había ido con la mona al bachillerato, de pago, por allí abajo en Sant Gervasi. Nuestra chica alternativa era toda una niña de papá, que hacía cuatro días escuchaba La Oreja de Van Gogh y Fito como el resto de sus mortales compañeros de clase antes de hacerse guay. Tenía tan terrible acento de Barcelona al hablar que nuestro catalán, muy estándar, parecía del mismo Vic.
Nos miraba con una cierta indulgencia, a aquel grupo de raros vestidos con pantalones cortos y mallas, camisetas y con espardenyas de vetas después de venir de ensayar tremenda fricada pueblerina para una fiesta mayor sectaria. Era fácil adivinar su opinión callada, que no era otra que la de David, que un día, ya mayor de edad, descubrió Barcelona y se volvió loco. La manía le llegó tarde: cuando él iba nosotros ya hacía tiempo que habíamos vuelto de allí y sabíamos que lo bueno si es breve, dos veces bueno.
David perdía la paciencia a cada frase mía. Abría exageradamente las fosas nasales y el pecho se le hinchaba como el de un gallo apunto para la pelea. Nadie le había preguntado qué hacía en el pueblo, cuando ni siquiera vivía ya allí, sino en el Raval, con un primo suyo mucho más mayor, que era un porrero de pro.
Ajeno a la batalla dialéctica, Albert se atrevió con la cuestión, que David contestó en una ráfaga, como si fueran las tablas de multiplicar.
-Estoy aquí porque he vuelto al pueblo. Mi primo se ha mudado a Can Fatjó y me he venido con él para que no esté solo.
Me mordí la lengua pero se me escapó un chasquido.
-Muy bien, el Dani te quiere mucho, estará contento de tener un primo tan bueno como tú.
Hasta yo me asusté del tono sarcástico de mis palabras, así que añadí algo para intentar, al menos, retrasar la tormenta.
-No todo el mundo dejaría Barcelona para venirse aquí, no es lo mismo claro, y tú estás acostumbrado a todo aquello y tienes allí el curro…
David puntualizó.
-Trabajo en l’Hospitalet, Sara.
Puse los ojos en blanco.
-Sí, pero tienes allí a tu novia-dije mirándola toda amorosa- no sé, es una decisión muy dura.
David suavizó el tema con un par de formalidades y una cursilada de novela romántica barata que remató con un cándido beso a su novia.
De reojo, vi a Montse cogerse otro cigarro. A veces la despreciaba, tan débil, tan poco maliciosa, tan manejable que no se daba cuenta de que David no estaba enamorado de esa chica, aunque no tenía ninguna duda de que la quería y mucho. Pero no estaba enamorado. Yo le había aguantado todos sus romances anteriores y conocía la cara de gilipollas que solía poner. A los dieciséis años tenía una novieta que trabajaba en una peluquería en la otra punta del pueblo y la iba a buscar cada día andando, lloviera o granizara. No podía estar enamorado sin decirlo a los cuatro vientos, sin exhibirse con su pareja constantemente, sin follársela casi cada día. Pero a él le fascinaba este nuevo ambiente que representaba su novia. Lo exprimiría y devoraría hasta mimetizarse en él, y cuando lo hubiera conseguido, tiraría a un lado su presa en pos de una más grande. Nos encontrábamos como dos antiguos colegas de fechorías que ahora jugaban en bandos contrarios y que se vigilan silenciosos porque saben las estrategias del otro.
La chica me miraba con sus grandes ojos de vaca, alegre de haber congeniado con una amiga de su novio. Yo le devolvía la farsa, desplegando todas mis astucias para utilizarla de arma arrojadiza contra David. Carla hacía esfuerzos para recordar lo que le había dicho su novio de mí, y centraba la conversación en mis gustos para agradarme.
-Yo toco la guitarra, ¿tú tocas el piano, verdad?
-Sí, no demasiado bien, pero sí-y empezó a enumerar la lista de cantautoras pánfilas que le gustaban, como sacadas directamente de moñalandia.
-No los conozco-mentí. Soy un poco atrasada en esas cosas.
David lanzó de nuevo su pecho hacia delante.
-Para nada, lo que pasa que Sara es muy educada, pero detesta esos grupos, creen que son muy blandengues. She likes hard rock.
El acento de David me hizo reír muchísimo, porque recordé un día en que habíamos pillado una borrachera tremenda con una botella de anís y nos había dado por hablar en inglés. David se reía también y nadie entendía nada. Su novia falseó una sonrisa estupefacta.
David le pasó el brazo por los hombros y se empezó a burlar de ella.
-Mi pequeña Belinda Carlisle.
Eso fue la guinda del pastel, porque detestábamos a Belinda Carlisle y otro día, igualmente borrachos, habíamos estado cantando “Heaven is a Place On Earth” mientras correteábamos calle abajo de la mano, hasta que David se comió una pared. Ponía voz de falsete y se movía de manera exageradamente afeminada.
Me dolía la barriga de tanto reírme. David le contaba a su novia grandes patrañas, que éramos grandes fanes de la Carlisle, y que yo incluso había grabado una cinta con sus versiones. Durante el resto de la noche, David, visiblemente entusiasmado, se dedicó a explicar nuestras historias, que caían como un jarro de agua fría sobre su novia, y que para Montse y para mí fue una gran rememoración de nuestros viejos tiempos. Los ojos de mi amiga brillaban con esperanza, al comprobar que David se acordaba a menudo de ella. Yo enseguida me uní a la loca verborrea de mi antiguo amigo, que se reía, gesticulaba y se llevaba las manos a la cabeza intentando recordar. Carla miraba a uno y otro lado de la mesa como si viera un partido de ping-pong, mientras nuestras manos y brazos se cogían enfrente de su cara parando un comentario del otro, añadiendo un detalle a la explicación o dándonos fuerzas para aguantar la risa. David incluso se levantó un par de veces para escenificar algunas situaciones o imitar a algún antiguo vecino nuestro. En unos segundos pasaba de ser el chico artificiosamente moderno a la señora Conchi con cojera incluida o la Sabri, la quillaca que vivía en el segundo primera de su edificio.
La novia empezó a impacientarse, y le recordó que ella al día siguiente tenía que madrugar. David le respondía que él también, y que todos nosotros currábamos al día siguiente, como si la menospreciara por seguir todavía en la universidad a sus veinticinco años. Para rematarlo, hizo especial referencia a mí, que me tenía incluso que poner un traje de chaqueta para ir a la oficina, en la otra punta, a Sabadell, porque tenía un trabajo muy importante, lo cual no era cierto. Mis amigos, algunos de los cuales empezaban a oler el asunto, la calmaban diciendo que un día era un día, y que se tomara otra cerveza, que la invitábamos. Albert, que siempre ha sido el descarado del grupo, la distraía diciéndole que se viniera a la fiesta mayor, que se lo iba a pasar muy bien. Ella declinaba con cara de asco; en cuanto acabara el curso se iba a su casa de Calella hasta agosto. Le iba a preguntar que el curso de cuál de las tres carreras que había empezado, pero pensé que mejor que la fiesta acabara en paz.
David cedió un poco, y anunció que se irían en seguida. Lo hizo unas cuatro veces, porque cada vez que se levantaba de la silla, se volvía a sentar, repentinamente alumbrado por algún comentario urgente, como el paradero de una antigua novia, o los amoríos de uno de nuestros amigos del barrio. Carla, que ya se había levantado, estaba de pie como un pasmarote, y miraba la silla, como si no supiera si sentarse o quedarse allí de brazos cruzados. Finalmente David se incorporó y nos fue a despedir a todos. A Montse le dio más besos que a nadie y la abrazó.
Cuando llegó a mí empezó a vacilar. Tenía los ojos muy abiertos y no pestañeaba. Me dijo algunas formalidades para despedirse, que se lo había pasado muy bien y que me llamaría. En su estilo, se arrojó sobre mí y me dio un enorme beso en la cabeza. Iba un poco bebido porque se tambaleaba ligeramente. De repente, su argumento de cambio de domicilio se derrumbaba. Y yo había sido tan tonta de creerme que se había mudado para estar con su primo.
-Ya estoy aquí. He vuelto. Nos veremos en la plaza, como antes.
Nuestro punto de encuentro ya no existía, hacía años que lo habían substituido por un bloque de pisos, pero era su manera de decir que nos había echado un poco de menos.
“We're all pretty bizarre. Some of us are just better at hiding it, that's all”.
Andrew Clark (Emilio Estévez). The Breakfast Club, 1985.
Los ochenta marcaron un antes y un después de la manera de hacer cine. Crearon estándares y pulieron la estructura de lo que denominamos hoy la típica película made in Hollywood. Entre sus aportaciones, cabe destacar el nuevo ritmo que se impuso en los films. La aparición de la MTV no sólo revolucionó la forma de entender el merchandising musical, sino que influenció considerablemente la forma de montar los largometrajes, más rápidos, al son de alguna canción pegadiza que vendería la banda sonora y a la vez, la película.
Esta nueva tendencia se puede observar claramente en títulos como “Flashdance”, recordada sobre todo por las escenas musicales, como la secuencia donde Jennifer Beals baila “He’s a dream” de Shandi, con ducha incluida, o la escena final en que coreografía “What a feeling” de Irene Cara. Ningún género se escapaba ya de los tentáculos del canal musical: en “Top Gun”, los cazas rompen el cielo con música de Kenny Loggins.
Estructura típica: érase una vez un chico/chica con talento, que oculta algún trauma familiar o afectivo que le impide alcanzar su sueño. Una inyección de confianza y un poco de suerte le permiten al final, cumplir su misión con éxito. Sin embargo, durante el film, e intentaré no ponerme demasiado progre, el espectador se traga “Sí, Bwana”, todos los tópicos del American way of life.
La papilla, aunque con diferentes sabores según el caso, se compone con la legítima búsqueda de la propia identidad y del lugar en el mundo, que culmina con la realización del sueño norteamericano (por algo, la constitución del país reconoce el derecho de todos sus ciudadanos a buscar la felicidad). El avión presenta todas las piruetas tópicas: una exhibición de los deportes típicos (futbol, basketball, baseball…), fritangas como patatas y hamburguesas, los bares oscuros y de luz verdosa donde se bebe Budweiser y Jack Daniel’s, las citas perfectas que acaban con un casto beso de buenas noches, y los coches rápidos y caros, a poder ser rojos y deportivos, sin olvidar alguna escena lacrimógena donde se cuele como si tal cosa la bandera con sus barritas y sus estrellitas.
Muchos de estos títulos llevan la rúbrica de Jerry Bruckheimer y Don Simpson, que producirían películas como “Mentes Peligrosas”, “La Roca”, “Con Air”, “Pearl Harbor”, “Armageddon” o la anteriormente mencionada “Flashdance”.( No debemos olvidar que una de las citas más célebres de Simpson era: "We have no obligation to make history. We have no obligation to make art. We have no obligation to make a statement. Our obligation is to make money”).
Pero en el mundo del éxito, también habría un espacio para los inadaptados, los señalados, los parias. Porque lo alternativo, callándolas, genera muchas veces más dólares que lo vulgar.
Hace unas semanas, Hollywood despedía al director y productor John Hughes (1950), que moría repentinamente de un ataque al corazón en plena calle. La carrera de Hughes despegó en los ochenta con cintas como “Sixteen Candles”, “ National Lampoon’s Vacation” (cuya banda sonora incluye la maravillosa “Holiday Road” de Lindsey Buckingham) o “Some Kind of Wonderful” (con Mary Stuart Masterson y Lea Thompson), la mayoría centradas en el ambiente de los institutos, y dirigidas a un público adolescente, que en esa época despuntaba como uno de los mercados más provechosos económicamente por el aumento de su poder adquisitivo, que derrochaba en cine, VHS, vinilos, arcades, Clearasil, laca y hombreras (el teléfono, fijo, lo pagaban los padres).
Pero sobretodo, Hughes será recordado por la cinta de culto “The Breakfast Club”, traducida al castellano como “El club de los cinco”. El film demuestra que no hace falta ni efectos especiales ni escenas frenéticas para conseguir una buena película, ni siquiera una historia emocionante, sólo un buen guión. Y es que, el noventa por ciento de las secuencias tienen lugar en una biblioteca, donde los cinco castigados, representantes cada uno de un tópico del universo social de los institutos, se enfrentan a sus propios prejuicios y miedos, como el temor al futuro, al ser excluido o a decepcionar a los padres. La película enfrenta cara a cara a los adolescentes triunfadores como el deportista o la reina del baile, con los marginados: el empollón, la rara o el gamberro. La fórmula no era nueva (y podemos recordar “Rebelde sin causa”), pero evolucionaba a un producto más fresco y menos dramático.
The Breakfast Club, 1985
Para ello, Hughes confió en jóvenes actores como Emilio Estévez (hermano de Charlie Sheen e hijo de Martin Sheen), Molly Ringwald (que ya había aparecido en “Sixteen Candles”, al igual que Anthony Michael Hall, otro de los personajes de la película), Judd Nelson o Ally Sheedy. Estos actores y este nuevo sub-género sería bautizado con el nombre “Brat Pack”, y ocasionalmente saldría del mundo del instituto para mostrar el de la universidad, como la cinta “St. Elmo’s Fire”, en la que también aparece una jovencísima Demi Moore. En el cesto del Brat Pack, ocasionalmente se incluyen figuras que más tarde se despegarían de la etiqueta debido a su éxito, como Tom Cruise. No así muchos de los actores citados anteriormente, o Andrew McCarthy, protagonista de “Mannequin”, título a destacar por la participación de Kim Cattral (la Samantha de “Sexo en Nueva York”) o la canción de la banda sonora “Nothing’s Gonna Stop Us Now” de Starship, lo que quedaba del legendario grupo Jefferson Airplane (lo cual es sintomático: de Woodstock a sintetizadores y películas comerciales anunciadas en neón).
Y es que la música, como hemos dicho antes, era otro de los ingredientes básicos de la receta película made in the 80’s, y también, del Brat Pack. “The Breakfast Club” incluía uno de los grandes clásicos de la década, “Don’ t you (forget about me)”, canción interpretada por Simple Minds.
No importa que no hayamos visto ninguna de estas películas, porque están presentes en todas las producciones dirigidas a adolescentes, y explica, en gran parte, el auge de series norteamericanas a finales de los ochenta y principios de los noventa centradas en institutos (“Salvados por la campana” o “Sensación de Vivir”). El tópico simpático de Hughes, se convirtió, con el uso, en una caricatura que, aunque conservaba los trazos del dibujo, había perdido la esencia del personaje. De hecho, durante los noventa, el director y productor se distanció de ese tipo de películas y se centró en el público infantil, siendo responsable de títulos como “Sólo en casa” o “Daniel el Travieso”.
Aún y las críticas que recibió en su momento el Brat Pack (todos los protagonistas eran blancos y pertenecían a la clase media) y la deformación que sufrió en los años posteriores, lo cierto es las primeras introspecciones en el género descubren que se puede evolucionar y cambiar, como que la marimacho de la clase puede salir con el chico sensible y culto, que la popular logra liberarse del machismo de su guapo y prepotente novio, que el descubrimiento de un tesoro hace que unos niños no tengan que abandonar sus casas en pos de la construcción de un campo de golf o que el gamberro puede sacarse una carrera.
Y es que para Hughes, todos, los agraciados y los feos; los exitosos y los desesperados; los tontos y los listos tienen algo en común: unos mismos problemas e inquietudes que finalmente, unen a todos en pos de la búsqueda de una solución. Hughes les creo (y nos creó) un escenario para poder soñar juntos, dentro y fuera de la pantalla.
Gracias John por esos preciosos recuerdos de infancia. Y parafraseando a Simple Minds: “We won’t (forget about you)”.
Vaig néixer a Terrassa el 10 de gener de 1987. Vaig arribar puntual, a les nou del matí. Aquell dia plovia i nevava, i seria ingenu pensar que aquestes coses passen sense tenir cap efecte a la tendra vida d'algú. Començava amb mal peu la meva vida; la meva debilitat física em mantenia a la corda fluixa. Però vaig sobreviure. I creieu-me si us dic que 22 anys no són tants per a canviar aquesta primera declaració d'intencions.