dilluns, 18 d’octubre de 2010

El qué y el cómo

Media España vive pendiente del desenlace del matrimonio de Belén Esteban. Mientras que la intención de ir a votar a las próximas elecciones se desploma, la página web de Telecinco registra una altísima participación en el cuestionario “¿Crees que Belén Esteban debería perdonar a Fran Álvarez?”

El caso es que este nuevo capítulo de las desventuras de la princesa del pueblo ha desatado un agrio debate en Telecinco sobre la infidelidad, la monogamia y el matrimonio (!), cuando ni siquiera técnicamente, el pobre Fran le ha puesto los cuernos a la Esteban, ya que sus escarceos amorosos tuvieron lugar, presuntamente, cuando ellos dos estaban separados.

Personalmente, creo que la “gravedad” del tema no reside en la búsqueda de calor y cariño por parte del susodicho, sino en lo ingenuo y estúpido del tropiezo. Porque cuando uno es un anónimo y tiene un secreto a veces es suficiente con cruzar los dedos, ponerle un poco de teatro y echar un par de rezos a la virgen del Carmen, pero cuando uno se casa con la Esteban debe tener una cierta habilidad mediática, ya que el riesgo de que alguien vaya directamente a Antena 3 a cobrar un generoso cheque es importante. No es una cuestión de naturaleza amorosa, sino económica: la pela es la pela, y más en tiempos de crisis.

Pero lo peor, lo peor de todo es lo vulgar del asunto. No creo que de estos dos se pueda esperar una historia dramática y culpable estilo “Breve encuentro” o cool como en “Sexo, mentiras y cintas de vídeo”, pero al menos algo con un poco de tirón literario.

Como todo en esta vida, lo de los cuernos también tiene sus modas y sus mitos. Precisamente la infidelidad como fenómeno nos regaló en el siglo XIX algunas de las grandes obras maestras de la literatura, en concreto la tríada de “Madame Bovary”, “Anna Karénina” y “La Regenta”, que a través de las aventuras extramatrimoniales de sus protagonistas, sus respectivos autores ponían en duda la estructura misma de la sociedad, en particular, la burguesa. Para nada interesa la infidelidad masculina, el marido se va de putas o tiene un amante y a falta de generar ningún tipo de conflicto, aquí se acaba la novela.

La progresiva emancipación del sexo femenino pinta un siglo XX más variado y también, más divertido: aparecen mujeres maduritas a las que les gustan los adolescentes (la Mrs. Robinson de “El Graduado”...o ya traspasando la ficción y en el siglo XXI, la Mrs. Robinson de Irlanda del Norte), cuentos de hadas que se prolongan más allá de la feliz boda con resultados catastróficos (érase una vez una chica más bien mona y de buena familia que se casa con un príncipe. Él sigue con su amante de la adolescencia y se acaban divorciando creando una crisis monárquica. Precisamente es la insistencia en querer perpetuar un modelo caduco como el matrimonio de conveniencia lo que da lugar al desastre), mujeres que se siguen aburriendo con su marido (“Los puentes de Madison”), amigos que niegan su aparente atracción y tensión sexual (“Walk the Line”, biopic de Johnny Cash y June Carter), femmes fatales que seducen a los que se dejan seducir (Glenn Close en “Atracción fatal”), viejas amantes que aparecen de nuevo (“La Femme d'à Côté”), chicas que mantienen una relación con un hombre casado (el personaje de Carrie Fisher en “Cuando Harry encontró a Sally”) o cuarentones amargados porque su mujer es Sarah Palin (típico caso de Mulier Horribilis) y necesitan un respiro (“American Beauty”).

Incluso el rock and roll, el pop y el jazz nos han hecho bailar, llorar o evadirnos a costa de la infidelidad. Según Rolling Stone “Layla” es una de las 50 mejores canciones de todos los tiempos. Detrás de la desesperación desbordante de la guitarra de Clapton surge una súplica que básicamente viene a decirle a Pattie Boyd (la mujer de su mejor amigo, George Harrison) que de una vez por todas pase de las palabras a la acción. ¿Alguien piensa en tirar piedras al pobre de Eric cuando dice: please don't say we'll never find a way and tell me all my love is in vain?

De la misma manera ¿quién no siente simpatía por Mrs. Jones o por Michael McDonald en “I Keep Forgetting? ¿Es posible no bailar al son de “Part Time Lover” de Stevie Wonder porque la historia que cuenta nos parece inmoral? ¿Quién no siente los celos de Linda Ronstadt cuando le pide a su amante que no vuelva con su mujer en “Hurts so bad”? ¿Quién piensa mal de la inocente Whitney Houston cuando canta la balada “Saving all my love for you”? ¿Es alguien capaz de no llorar con la voz moribunda de Billie Holiday en “I'm a fool to want you”? ¿Quién le puede reprochar nada a alguien que confiesa: I know it's wrong, it must be wrong, but right or wrong I can't get along without you?

Pero por otro lado, también somos capaces de ponernos en el lugar de Dolly Parton en “Jolene” (yo si fuera la tal señora dejaría en paz el marido de la Parton, te podría ahogar con su sujetador talla 120) ¿Alguien no está de acuerdo con los Fleetwood Mac y aquello de players only love you when they are playing de “Dreams”? ¿Quién no ha creído al escuchar “Caught out there” de Kelis que ya era hora que una horda de mujeres hartas de infidelidades se manifiesten por las calles y griten con todas sus fuerzas: I HATE YOU SO MUCH RIGHT NOW..AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHH!

En cambio, de vuelta a la realidad y al salón de casa, uno se encuentra a un pobre Fran “de Esteban” empotrado entre Jorge Javier Vázquez (brazo en cabestrillo y atornillado included), una foto de su boda y Rosa de Benito, alias la mamá televisiva de Belén. Durante toda la entrevista, el pobrecito pecador no para de sudar, balbucea y su voz se rompe cada dos por tres. Entre confesión y confesión repite sin cesar palabras de arrepentimiento y sonríe como un niño cuando dice que lo único que quiere es “volver a casa”.

Qué menos que esperarse que en ese momento el realizador metiera alguna balada empalagosa, rollo Barry Manilow ( “Mandy” iba que ni al pego)...pero no. En la línea del cachondeíto que llevan estos siempre, Jorge Javier le pide a Karmele que cante algo, a lo cual la tortosina responde destrozando la copla “El Romance de la Reina Mercedes”.

Una de las cosas más importantes a la hora de crear una historia es el ambiente. Sino que se lo pregunten a Chris Carter. La audiencia de Expediente X empezó a decaer a partir de la sexta temporada, cuando decidieron trasladar el set de los brumosos bosques de Vancouver a la soleada California. Es difícil imaginarse nada trágico al mediodía, a pleno sol o entre el bullicio de la gente. Y personalmente esto lo utilizo como atenuante del “delito” del bueno de Fran, que perpetró su “crimen” a plena luz del día. Escenario escogido: la barbacoa de un colega. Uno se figura fácilmente la estampa: unos chicos, unas chicas, unas cervecitas mientras se hace la carne, un vermutillo, el vino para comer, unos Bailey's de postre. La sobremesa es una hora muy traicionera...y las siestas las carga el diablo. El pobre Fran se vio superado por el sopor post comilona, la influencia del alcohol y su necesidad de afecto... y de sexo también.

En las películas y en la televisión la música, los decorados y la localización sirven para definir la importancia de una secuencia. Pensemos que en la vida real es también así. ¿Qué importancia puede tener un polvo en una barbacoa? Eso es una mierda de escena que sólo tiene sentido en una película de Ben Stiller.

Pongamos ahora que Fran lleva un poco más de rodaje y neuronas en la cabeza y la supuesta amante tiene más dignidad y menos cara de grillo.

Una tarde un coche sale de la ciudad, atravesando una carretera rodeada de descampados sucios y polígonos industriales. Es otoño y lloviznea a ratos. Dos personas ocupan el vehículo, un hombre, al volante, y una mujer, visiblemente en tensión. Los dos van vestidos de colores oscuros y no hablan, sólo miran la carretera en una especie de ejercicio de negación del otro. En la radio suena la inquietante Triad de Jefferson Airplane. Progresivamente, primero uno y luego el otro, empiezan a descifrar la letra, y se revuelven incómodos en sus asientos, intentando reprimir las ganas de escapar de esa situación. En verdad, ella no sabe muy bien qué hace allí pero piensa que como no lleva el volante, siempre podrá aducir que no estaba en control del tema. Él, por su parte, no tiene ni idea de hacia donde va, pero se reafirma en que no hay nada malo en conducir, en todo caso, un coche tiene puertas y nunca es tarde para bajarse de él. Pasan los minutos y la carretera desaparece en la autopista. Él pisa el acelerador y ella, que odia la velocidad, se agarra al cinturón de seguridad encomendándose al primer santo que le pasa por la cabeza, recordando que hace tan sólo veinte minutos estaba con los pies sobre el suelo, en una calle conocida y segura, y no en una escena de “Brokeback Mountain”. Ahora se acercan hacia un cartel enorme que anuncia un hotel barato, como aquellos que hay en la AP-7, con sus sábanas frías y ásperas, donde ni siquiera te ponen jaboncitos en el baño. Ella se gira a mirarlo y cuando se vuelve a dejar caer en el asiento nota, de reojo, que no es la única que se ha fijado en el cartel. Durante un sólo segundo fatal sus miradas se cruzan y de repente, uno casi puede oír sus cerebros, que suenan como cuando la caja registradora saca el ticket con la suma de lo comprado.


Tric tric tric tric tric...


El desenlace no importa demasiado para mí (aunque se aceptan propuestas... ¿hay de verdad tanta diferencia en desear algo vehementemente y ejecutarlo?) pero estoy segura que para Belén Esteban esta nueva situación, con mucha más carga emocional y erótica, podría resultar en el adiós definitivo a Fran. Y me juego el cuello que si esta ficción fuera cierta no sería un 63,78% de los internautas el que pediría el perdón.


¿No os parece que el qué tiene mucho del cómo?

diumenge, 20 de desembre de 2009

de amore (parte III)

(...)


"And if I'm reaching too high, you
know we live and learn
That's all it takes in this life
I can't be overly cautious
where love is concerned

I know there's no promises (...)

I should use my head
But that only tends to lose me and confuse me".

By heart, M. McDonald.



No todo es pesimismo. El amor se consume sobradamente, en lánguidas escenas románticas, llenas de tensión por el temor a ser descubiertos, aunque finalmente su relación se haga pública, no ya en Chrétien, sino en autores y obras posteriores, a destacar, la Muerte del Rey Arturo. El ciclo artúrico continua, y a medida que inspira a más autores, la esencia del mismo se pierde, hasta quedar sólo la carcasa propagandística ya inherente en toda la obra, aunque sutil (1).

No nos dejemos embaucar por la falsa moralina de la historia. Hasta el punto de la Muerte del Rey Arturo, no se castiga a los amantes por su infidelidad o lujuria. Se les castiga por su indiscreción, sólo la actitud amorosa evidente les hace caer. El Amor no perdona a los que profanan su secreto, su doctrina oculta a la que nos hemos referido al principio. Los traidores merecen el castigo más cruel, que no es por cierto, el de la muerte, sino el de vivir rodeados de envidia e ignorancia(2).


Pero volvamos a lo práctico y veremos que hay esperanza. Paralelamente a las obras de inspiración artúrica, Chrétien de Troyes escribe el pionero roman caballeresco “Erec y Enid”. Se trata de la historia de un matrimonio y sus problemas para sobrellevar su amor con la vida cotidiana. Moderno y original. El prólogo de la obra explica un típico enamoramiento: caballero conoce a dama, se gustan y se casan. La “concupiscencia del tálamo matrimonial” les atrapa en una “espiral carnal” y obsesiva y ambos dejan el mundo de lado. Finalmente reflexionan sobre ello, y Erec vuelve a la caballería acompañado de su mujer, no sin ignorarla durante todo el relato cayendo en todos los tópicos misóginos posibles.

No obstante, encuentran una manera de continuar siendo lo que son, una dama y un caballero con sus respectivas responsabilidades, y estar juntos.

Pero si esto no os convence y queréis seguir sufriendo, podéis recurrir a Arnaut Daniel, Bernat de Ventadorn o, ya más cercana en el tiempo, Emily Brontë. La literatura es un sitio donde soñar, pero ojo, también es un manual de como vivir y sortear los imposibles.

Ya que mencionamos ejemplos más asequibles, quisiera recordar a la escritora inglesa Jane Austen, para mí una de las autoras más malinterpretadas de la historia.

Existen dos facciones de detractores, la de los que tuercen la cara al escuchar su nombre y escupen “vaya cursilada” o los que, al contrario, la acusan de ser materialista y patriarcal. Ambas cosas o ninguna, pero tal suma o resta nos da un resultado neutral, lo cual se asemeja bastante a mi concepción personal. Tal y como decía al principio de este escrito, no estamos aquí para hablar de nuestros ideales sino para recopilar soluciones a problemas reales.

La verdad es que novelas como “Emma” o “Sentido y sensibilidad” me tienen bastante sin cuidado (aunque debo destacar el maravilloso matrimonio Dashwood: típica cuñada maleducada y tocacojones y hermano calzonazos y gilipollas) pero siempre me llamó la atención la última y más madura obra de Austen, “Persuasión” (aquí también reluce otro personaje conocido como “familiar egocéntrico, victimista e insoportable”, Mary Elliot. De cara a la Navidad me pareció muy conveniente repasar este tipo de sujetos para alivio de los lectores).

“Persuasión” es una historia de esperanza: la lucha por el amor entrada la madurez, lejos del impulso y el atontamiento juvenil. Una muy enamorada Anne Elliot rechaza a su pretendiente Frederick Wentworth. Las amistades familiares aconsejan que la hija de un baronet no puede casarse con un marino pobre sin alcurnia, y para más horror, irlandés.

Ocho años después, la familia noble viene a menos económicamente por el manirrota de sir Elliot y su estirada hija mayor, lo que les convierte en unos perfectos “mucho don sin din”. Y entonces, qué suerte, aparece de nuevo el pretendiente, ahora Capitán Wentworth, del que se dice que posee una fortuna de veinticinco mil libras. Después de muchos acercamientos infructuosos, malentendidos y terceros que no paran de meterse en lo que no les incumbe (una versión moderna de los lauzengiers), Wentworth por fin tiene una iluminació divina y le escribe esta carta:

“Unjust I may have been, weak and resentful I have been, but never inconstant. You alone have brought me to Bath. For you alone, I think and plan. Have you not seen this? Can you fail to have understood my wishes? I had not waited even these ten days, could I have read your feelings, as I think you must have penetrated mine. I can't hardly write”.

El factor tiempo es determinante en esta obra en lo que concierne a la relación amorosa. Cada cosa a su momento, señala Austen, algo que ya había hecho notar en “Orgullo y prejuicio” cuando afirma:

Of a fine, stout, healthy love it may. Every thing nourishes what is strong already. But if it be only a slight, thin sort of inclination, I am convinced that one good sonnet will starve it entirely away.''



(1)El tedioso ciclo artúrico de los siglos XIII, XIV y XV apesta demasiado a pamfleto anexionador de la realeza francesa, empezando por sus ansias de disminuir el ya debilitado poder feudal de aquellos nobles que habían sido, hasta la batalla de Muret, vasallos del reino de Aragón o más adelante, en plena guerra de los Cien Años y después de ella, de los fieles a los señores de Inglaterra. Eso sin contar con las tramas inverosímiles pseudo metafóricas, que tienen más de viaje ergótico que de experiencia mística o sentido literario.


(2)O en la paz de un convento. Tanto Ginebra como Lancelot se las piran y se ordenan monjes. Lo que se pinta como una repentino ataque piadoso, es en verdad el gusto morboso y masoquista de vivir pensando en el otro, sufriendo en silencio pero disfrutando de los recuerdos y del secreto. En verdad que hay nada más lujurioso que la castidad.


divendres, 20 de novembre de 2009

de amore (II)

(...)

A propósito de esto, Sandy Stewart afirma en la canción “House of love” (Blue Yonder, 1987): “I watch the months go by, I try to justify my list of things to do when all I want is to be with you”. Debo señalar el carácter intencional de esta afirmación, ella se “obliga” a seguir con su “list of things to do”, intenta (try) obviar su verdadera voluntad, “to be with you”.

El inicial dominio absoluto del amor lo hace incompatible hasta con el quehacer más mecánico de la vida cotidiana, y aún y cuando no choca directamente con lo establecido (la monogamia, el matrimonio o alguna convención social como la edad o el sexo) siempre hace peligrar, aunque sea mínimamente, la vida social, pues cambia las costumbres de la persona enamorada.

Si viajamos al génesis de este amor-pasión, amor courtois o como le queráis llamar, encontramos no pocos casos de tal fatal arrebato. No sólo el amor infiel de Tristán e Isolda es antisocial per se y pone en peligro la estabilidad del reino de Marc (todo por culpa de los malditos lauzengiers, la mezcla de política y sexo es lo más explosivo que se me puede ocurrir, y se me ocurren muchas maldades), sino que además tal sensación de desastre inminente se refuerza con algunas escenas mucho más explícitas. El único momento en que los dos amantes están realmente juntos se produce en el ámbito asocial y salvaje del bosque, donde viven como alimañas, debajo de los árboles y alimentándose exclusivamente de la caza y lo que encuentran por ahí.
Durante todo este pasaje, el lector respira la pesadumbre y tristeza de los amantes, que en vez de disfrutar de la libertad lejos de las miradas de la corte, languidecen asqueados en su nuevo estado, como si su amor sólo tuviera sentido dentro de los muros del castillo, dentro de la sociedad. Así pues, aunque el mundo conspira contra su relación, ésta no tiene sentido sin él.

El genial Chrétien de Troyes nos explica el porqué en sus romans. En “El caballero de la carreta” nos presenta a la mejor dama sobre la tierra, Ginebra, y al más excelente de sus caballeros, Lancelot. El del Lago vaga por el mundo buscando a su reina, que ha sido secuestrada por un malvado. La aventura le obliga a realizar las más maravillosas gestas, acciones de amor para llegar hasta su amada, que no están exemptas de su pertinente simbolismo iniciático.

Pero si quiere salir victorioso, deberá antes pasar por la más dura prueba: perder toda su honra como caballero y persona, subiendo a una infame carreta (1). Lancelot se rebaja de la manera más vil para recuperar e incluso multiplicar su fama durante esa búsqueda, en la que redime su humillación encontrando a la reina, que a su vez ha sido, de manera indirecta, la causante de su caída.

Pero justo antes de llegar a donde ella está recluida, debe pasar por un último trance: cruzar el puente de la espada, una plataforma que rebana a todo el que osa traspasarla. No es necesario explicar el simbolismo del puente, pero sí el hecho de que, para alcanzar finalmente su objetivo amoroso, debe sentir el peor de los dolores. Un mal presagio de lo que encontrará en el futuro, cuando pase de ser un mero caballero al caballero de la reina.


El amor es el causante de las azañas de Lancelot, que se caracteriza por su valentía. Su ser es inseparable de su condición de caballero, a la vez indivisible de su condición de persona enamorada. La identidad de Lancelot se puede resumir en un sustantivo y su complemento: un caballero enamorado.

Pero sus obligaciones y sus pasiones son incompatibles, aunque sean consecuencia la una de la otra. El del Lago se debe a su señor, el rey Arturo, pero también a su señora, midons (2). Y bien se sabe que no se puede servir a dos amos a la vez. Admirar de manera ideal a la reina es casi una obligación como caballero real, pero consumar su pasión es una grave afrenta para el rey (3).

Por ella, todo lo tiene y todo lo pierde. Ella es, en definitiva, la carreta.

(...)

(1) La carreta era, sin dura, la peor de las afrentas medievales: la exposición al escarnio popular (algo así como salir en la tele saliendo del cuartelillo o del furgón de los Mossos) y al maltrato del vulgo, que tenía vía libre para insultar, arrojar heces, comida podrida, etc...al reo en la carreta. ¿Para qué avisar de las consecuencias de cometer una falta cuando se puede ejemplarizar con los hechos?

(2) La mayoría de las cansons corteses están escritas para un destinatario en masculino. Aunque el objeto de la obra sea una dama, ésta adquiere el trato de "señor" para emfatizar su poder feudal trasladado a las relaciones amorosas. Es bueno clarificar este punto; más de uno se ha pensado que todos los trovadores eran homosexuales.

(3) Muchos usos del siglo XI y XII nos pueden parecer extraños hoy en día. Los reyes y nobles eran, en cierta manera, muy cercanos a su corte. Incluso sus hombres de más confianza tenían el honor de dormir en la misma habitación de su señor, y no había nada raro en que dos hombres compartieran el mismo lecho, que se abrazaran, se dijeran que se querían o se besaran en la boca. Los remilgos empezaron a venir después de la cruzada albigense. Incluso las mujeres gozaban de más libertad que en siglos posteriores, porque estaba de moda que estudiaran y fueran resueltas (así se podrían vender más "caras "como esposas, no seamos ingenuos, además, los nobles estaban fuera en la guerra durante mucho tiempo. Debían tener una persona válida a su lado que se encargara de sus tierras y sus asuntos. Él era el guerrero; ella la política, y el futuro de esas posesiones dependían en gran medida de la gestión de la señora).

En esta época del amor cortés era un honor tener un artista, un poeta, que escribiera canciones sobre la mujer de uno, era un hecho honroso y que daba fama, incluso si se insinuaba cierta admiración amorosa. Eso sí, que llegara hasta allí. Ser progre se llevaba (el mundo no ha cambiado ni pizca, las clases altas mantienen el jugar al progre como su hobby preferido era de persona refinada. Por eso la literatura y las leyendas castigan al marido celoso (en general, se burlan tanto de los difamadores, los conspiradores políticos de la corte, como del marido que rabia, no hay personaje más ridículo. Quiero aclarar que Arturo no está celoso, sólo se deja enbaucar por los lauzengiers). Abundan los relatos sobre el llamado "cor menjat", como el que explican de Guillem de Cabestany, al que un noble celoso hace matar y cocinar su corazón. Después se lo da a comer a su esposa, sobre la que Guillem escribía sus canciones. Al decirle que ese apetitoso manjar era el corazón del trobador, la mujer replica "Senyor, m´heu donat tan bona menja que mai més no en menjaré d'altra". Acto seguido se tira por una ventana. La leyenda concluye diciendo que el rey al saber lo que ha hecho el noble, lo encierra en la cárcel (por no entender que todo es un juego cortés), donde muere .Esta historia es del todo falsa, pero forma parte de la "vidas" del trobador, y no se puede negar su belleza.

dimecres, 28 d’octubre de 2009

de amore (parte I)

Pero esa expresión, locamente enamorado, está tan manida, es tan ambigua y tan indefinida, que no me dice nada. Lo mismo se aplica a sentimientos nacidos a la media hora de haberse conocido, que a un cariño fuerte y verdadero”.

J. A.

A menudo, cuando discuto algún tema con una especial carga subjetiva, como puede ser la política, la religión o como no, los sentimientos, me encuentro que la conversación sólo se puede sostener si tratamos la cuestión desde un punto de vista teórico y nos alejamos todo lo posible de las consideraciones más personales.

No soy de las personas que dan su opinión a la ligera, por imposibilidad, timidez o simple pereza.

En la mayoría de las ocasiones dudo que la visión personal, la más instintiva, pueda dar mucho de sí en una discusión. Toda idea es, desde mi punto de vista, respetable y no ha lugar a debate . Nunca he tenido intención de evangelizar a nadie con mi perspectiva.

No obstante, cuando hablamos de algun tema, deberíamos tener en cuenta que las cosas se pueden abordar desde dos enfoques distintos, desde el ideal o desde lo realizable según las circunstancias. Esto puede parecer evidente, pero hay quién no lo sabe o no lo quiere quiere distinguir. Podemos caer en el peligro de tomar una opinión por una idealización teórica, más cercana a la literatura y la filosofía, que a lo que en tal caso se haría. O viceversa. Y uno se convierte a ojos de los otros en un ser artificioso o en un ingenuo.

Una vez aclarado este punto, si es que lo he expuesto inteligiblemente, me siento con las espaldas suficientemente cubiertas para poder hablar de un tema tan escurridizo como son los sentimientos.



Mi profesor de literatura medieval de la universidad comparaba el amor con una crisis (y Denis de Rougemont lo compara con una alergia).

En efecto, en el momento del cataclismo uno recurre instintivamente a la estrategia que le fue bien la última vez, y haciendo un símil con el contexto económico mundial actual, lo que funcionó en la última crisis, en el último enamoramiento, puede no funcionar ahora. Lo jodido del asunto es que uno se encuentra desprovisto de todos sus recursos cuando más los necesitaría y lo único que puede hacer es tirar de remiendos de la última teoría e ir tanteando, que no improvisando, el terreno para salir de tal crisis. No hay clave absoluta. Quién afirme tajantemente tener la solución o es un memo o un mentiroso, y ahora me refiero a cualquier contexto.

Independientemente de que la historia tenga un final feliz o desdichado, ésta requiere de cierta acción. Y no me refiero necesariamente a hechos, pero sí al cambio del sujeto, implícito a su nuevo estado “mental”, pero también a la transformación que hace intencionalmente para salir victorioso de la situación, para conquistar su objetivo. En cristiano, se tiene que espavilar.

Al decidir tomar esto como cierto, poco se entiende la fascinación del imaginario contemporáneo hacia relaciones como la de la desdichada pareja de amantes veroneses. El refranero popular dice de esto, y a propósito de otra famosa pareja, “tonta ella y tonto él”.

Nuestro ideal de amor actual es la mitificación de un calentón adolescente, lo que espero que no sea simptomático. Me pregunto cuanta gente realmente se habrá leído la obra. A mi juicio muy poca, puesto que tanto ensalzan dicha relación. En cuestión de genios literarios creo muy poco en la casualidad, y por algo el señor Shakespeare creó la figura de Rosalinda, de la que Romeo anteriormente había estado tan “locamente enamorado” y de cuya mudable pasión sus amigos se burlan.

Otra de las tibiezas con la que todos nos solemos llenar la boca es con la expresión “amor platónico”, a saber, un sentimiento fatal del que se excluye toda concupiscencia y que es propio de las novelas de caballerías y otras paparruchas por el estilo.

Lejos de criticar esta vulgarización, debemos tener en cuenta el sentido real del término y el secreto que entraña, que no es otro que la frustración de saber que tal sentimiento no es otra cosa que el amor hacia la sombra en la caverna de un concepto que sólo existe en el mundo de las ideas, en los libros, en la literatura.

La idea más elevada del hombre es un invento cultural. Y por si esto fuera poco decepcionante, la trascendecia amorosa que el ser humano busca, la totalización con su objeto amado, sólo se encuentra en la muerte puesto que de ninguna otra manera dos entidades, dos personas, pueden unirse completamente.

Pero esta es sólo la visión más estricta que en el “amour courtois” seguirían, utilizando el lenguaje propio del momento, unos cuantos “perfectos” y que se refleja de manera mucho más fiel en las “cansons” trovadorescas que en los “romans”.

La novela quizá requería de más juego, y es por eso que en ella, los “iniciados” plasmaron no sólo el conflicto de convivir con tal sentimiento, sino algunos posibles apaños para trampear la penosa situación.

(...)

dijous, 8 d’octubre de 2009

tango in the night (y sigue...): you can't disguise...





















El título no miente. “Mystified” te sumerge en la atmósfera ya representativa de todo el álbum, etérea, colorista, delicada y chorreante de composiciones pentatónicas.

Este es un track muy a la McVie: melodía estructurada, dulce, entrañable y con un mensaje esperanzador, como todas sus canciones de “Tango In the Night”, seguramente gracias a la relación que mantenía entonces con el músico Eddy Quintela, un remanso de cordura después de sus idas y venidas con Dennis Wilson (Beach Boys), que había muerto hacía unos pocos años, y para el que compuso en su momento “Hold Me” (Mirage, 1982).

Mystified” también cuenta con la colaboración de Lindsey Buckingham, que co-escribió el tema. Y esto se nota en algunos giros de la melodía, como el bridge que enlaza las diferentes estrofas, sin dejar de recordar su presencia vocal en el estribillo (mystified, mystified).


Pero después del vuelo, es necesario tocar con los pies en la tierra. Aquí es cuando viene uno de los sencillos más canturreados del grupo: “Little Lies”. Con su característica intro de “Solina”, esta canción es un must de las emisoras nostálgicas. Otra típica canción Christine McVie: catchy, pop y sencilla, pero sólo en apariencia. Corren por la red algunas recopilaciones de maquetas y tracks usados en la producción de “Tango In The Night” entre el 85 y 86 en los que uno asiste a la construcción de la canción, y con este ejemplo uno se hace a la idea del proceso musical del álbum. Por ejemplo, existe una toma (con su nostálgico ruidito de bobinas analógicas incluido) de la parte de guitarra, casi imperceptible en la versión final, pero que sienta los cimientos de todo el tema. Otro track interesante es una demo en la que el estribillo de “Tell me lies, tell me sweet little lies” deja espacio a la instrumentación y se obvia a Buckingham y Nicks en los coros de la versión definitiva (tell me lies,tell me, tell me lies…) y además la repetición del estribillo se substituye por “you can try, you can try to disguise”, que al final se convertiría en el conocido “Oh no, no, you can’t disguise”. Las demos no cuentan con Nicks, ya que en el momento de la composición del disco estaba en Betty Ford quitándose de la cocaína (parece que el hecho de descubrir que tenía un agujero como un dedo en el septo la hizo decidirse, por fin). Sus voces fueron añadidas casi en el momento de la postproducción. Siempre me ha parecido que “Little Lies” tiene un gustillo así country, pero no os podría decir que fue antes, si mi opinión o ver el vídeo en el que salen vestidos de granjeros en una finca rural. De pequeña estaba fascinada con ese clip. Quizá porque me preguntaba quién era ese tío tan guapo de piel tersa y tostadita e intimidantes ojos azules, o porque Christine McVie y Stevie Nicks me recordaban a mis tías gemelas Mari y Mati, con el pelo rubio permanentando y bufado, el flequillo, y esos ojos generosos de sombras.

Otro detalle a comentar del vídeo es el tono melancólico de atardecer en el campo que lo impregna todo: las caras largas de los miembros del grupo, la no interacción de algunos miembros, que en ningún momento salen todos juntos, y el montaje, que prima mucho la figura de Buckingham, que aparece como solitario, triste, quizá más que el resto, en horas bajas previas a su polémica (y dramática casi a lo “Brontë”) marcha de Fleetwood Mac.

No obstante, no soy la única que se preguntaba qué era antes, si el huevo o la gallina. En entrevistas posteriores a la fuga de Buckingham (un día lo explicaré con detalles, y citas de sus protagonistas, porque es tema de tesis doctoral) Chris McVie señala el encaje perfecto entre el tema de "Little Lies" y el final del line-up clásico del grupo, y cómo podían oler la espantada del guitarrista. El ambiente general del video también parece reforzar este hecho, pero son cosas que pasan, no sólo en el peculiar mundo de la música, como cuando uno abre un libro que parece haber sido escrito para reafirmar nuestra situación personal.

Bye bye Lindsey!


dimarts, 1 de setembre de 2009

don't turn away



Para los amigos de siempre y los que escogieron otro camino. Para mi amiga Montse, aunque la tenga algo dejada, con especial cariño ;)



"Two friends, with such a love to give, I don't know where you are, what your going through
-now-
what are we trying to prove?" Thomas Dolby-Don't turn away.







Sólo faltaban unos días para el verano, y la noche, con una chaqueta fina, era de lo más agradable. Estábamos nosotros sentados en una terraza del centro del pueblo, con nuestras cervezas, con nuestro piti, tan tranquilitos, contando los últimos cotilleos, cuando las caras de mis amigos, sentados enfrente de mí, se tornaron sombrías. Las risas se apagaron, como si hubieran visto de repente un fantasma o una tía espectacular correteando por delante del Casino. Las dos cosas. Mi amiga Montse se revolvió nerviosa en el asiento y le metió un largo trago al vaso, mirándome. Albert, sentado enfrente, se incorporó y saludó con la cabeza a una presencia que empezaba a notar detrás de mi espalda. Me giré y allí estaba nuestro antiguo amigo David, con una chica en la mano, que nos miraba sin ninguna expresión. No se honró a darnos ningún beso a nadie, con lo que pensamos que su aparición sería un hola y adiós, a lo que nos hemos habituado con el tiempo. David sonreía triunfante, oculto en sus gafas Rayban en plena noche, seguro de su atuendo moderno y estilizado. La vacilante novia, dos pasos más atrás que él, nos inspeccionaba con curiosidad, como uno miraría una panda de hippies en un local de moda. Nadie se sentía cómodo, y menos mi amiga Montse, eterna enamorada del susodicho, que apenas levantaba los ojos de su vaso. Apenas podía ver la ideal pareja detrás de mí sin parecer descarada, así que volví a mi bocadillo grasiento de chistorra que mordía furtivamente, desgarrando el pan con ansia. Hubo un revuelo de sillas y de ofrecimientos protocolarios, y en un decir amén, me encontré con una espesa melena castaña a tocar de mi hombro, y con la sonrisa estirada de David en mi diagonal derecha. Podía notar el nerviosismo de Montse al otro lado, que cogía las patatas fritas con la mano abierta, y las devoraba sin piedad, no sin antes maltratarlas un poco entre sus dedos. A menudo le digo que hizo mal en dejar el tabaco.

David fascinaba a mis amigos con sus vulgares tretas de triunfador inseguro; sus historias sobre la noche de Barcelona y sus devaneos con grupos alternativos, la cocaína y las drogas de diseño acaparaba toda la atención de la mesa. Hablaba excesivamente alto, y restaba importancia a algunos de sus logros profesionales con la misma vehemencia con la que exhibía sus aventurillas. Su novia, mientras tanto, sonreía y acataba todo lo que él decía con una sonrisa devota, pero apenas hablaba. Tenía una voz aguda y un poco nasal, pero fácil de olvidar, ni siquiera destacaba por cómica. La compañía me estaba poniendo frenética, y como me suele suceder en estos casos, mis nervios eran proporcionalmente iguales a la calma y el desinterés que mostraba, concentrada en mi bocadillo y en una esporádica conversación alternativa con Montse, que atacaba el paquete de tabaco de Joan, demasiado alucinado como para darse cuenta del robo. En esos eternos cinco minutos, David me lanzó alguna mirada esperanzada de vez en cuando, que se topaba con mi nuca o mis cejas alzadas. Los lances visuales se encarnecieron y empezó a pellizcarme con algún comentario referido a mi profesión o a mis gustos, que camuflaba perfectamente en la conversación general para ignorancia del resto, que poco a poco fue abandonando su atención.
Montse mientras tanto se hundía cada vez más en la silla. Miraba a la susodicha, como la bautizamos más tarde, tan delgada y alta, con sus shorts tejanos y su blusa roja, todo ello rematado con un pequeño bolso de piel negra. Sabía lo que pensaba Montse: que la novia de David tenía un aire a aquellas cantantes con voz defecativa que tanto le gustan, esas chicas monas con vestiditos minis vaporosos, que escriben canciones livianas y aburridas, guitarra en mano, y que llenan escenarios alternativos con sus diarreas pretenciosamente naives, lo que intrínsecamente es una contradicción. Recordé en ese momento cuanto me había insistido Montse para ir a una de esas actuaciones y cuantas veces le dije que no, que ese rollo me hastiaba. Mi amiga es una tía guapísima, con su pelo rubio y sus ojazos verdes, muy inteligente y leída, pero tiene un gusto pésimo para la música. Fue por este flanco por donde atacó David. Sentí como se giraba y como desbordaba todo el tronco encima de su sorprendida novia, para arrojar su pregunta hacia mí, que excusó con una referencia general:
-¿Vais a ir al concierto de tal?-dijo como si tal cosa.
Con toda normalidad contesté por las dos, puesto que conocía su verdadera intención. Hizo algún comentario descafeinado y siguió con su sudada estrategia. La novia se encontraba atrapada entre él y la silla, casi inmóvil, atenta con sus enormes y vacios ojos, que se movían de Montse a mí con el desconcierto de una ternera que no sabe que acaba de entrar en el matadero.
-¿Y cómo te va el curro?
Lancé un suspiro.
-Muy bien, la verdad, ya sabes, de arriba abajo, a mi me apasiona, ya me conoces-y añadí esto último con toda maldad.
David se sintió obligado a dar una explicación de un comentario al que la florecilla de su novia no había ni reparado.
-Ésta y yo somos viejos amigos. Des de la infancia. Teníamos cinco o seis años y ya nos tirábamos piedras en el descampado. Nos disfrazábamos de piratas e íbamos a buscar un tesoro, nos inventábamos mil historias.
-Luego –dije retomando el discurso con una falsa empatía-él se venía a comer a casa y veíamos películas de Disney por la tarde.
Evitaba mirarle a él, y en la expresión de la chica podía ver su complacencia de que la amiga de su novio fuera tan atenta con ella. Pero David conocía el dardo, y cuando había mencionado el episodio de las tardes en mi casa su mirada se había oscurecido. Podía ver como discurría por su mente el estrecho y marginal edificio donde vivía de crío con sus padres, que le ignoraban y le dejaban suelto todo el día por el barrio a su suerte hasta que se hizo mi inseparable amigo.
Aquello era un reproche por su cambio, del chico sencillo de la puerta de enfrente a criatura cosmopolita e irritante. David miraba de reojo a todo el grupo de amigos. Admiraba y envidiaba por igual ese ambiente, esos chicos y chicas de familias del pequeño comercio del pueblo, funcionarios o de profesiones liberales, gente con apellido y relaciones, lo que se llamaba “de tota la vida”. Recuerdo cuando se los presenté la primera vez. Teníamos catorce años, y mientras nosotros caminábamos despreocupados por el centro del pueblo, David flotaba con su helado en la mano, mirando a todos lados, alucinado de ver todas las amistades que se paraban por la calle, conocidos de los diferentes barrios, de los equipos de deporte donde jugaban mis amigos, de los grupos de baile y de pintura. Este último detalle le marcó. David pintaba muy bien, aunque era autodidacta. Todavía tengo colgado en mi habitación un cuadro suyo de un paisaje: la silueta de la ciudad cortada por el campo y Montserrat al fondo. Es precioso y tiene unos colores increíbles “de atardecer solitario” como él dijo. Ésa fue de las pocas pinturas que logró completar. Obsesivo con las cosas que le gustan, se precipitaba tan enérgicamente que la pasión le duraba muy poco.
A cada encontronazo de la noche, David retomaba una pequeña conversación con alguno de mis amigos, aunque de vez en cuando me retaba con sus enormes ojos azules. Estaba atento a la charla que tenía con su novia.
La chica cayó en la evidencia y oímos un vacilante murmullo nasal.
-¡Ah! Esta es tu amiga, la pelirroja, claro. ¿O sea que tú eres la famosa Sara?
Confiada por el gran descubrimiento, se arrancó a hablar conmigo, muy bajito, con su voz gangosa.
Le contestábamos con neutralidad, porque hasta a mí me parecía que me hubiera pasado al decir que su estimado novio y amor nunca nos había dicho una palabra de ella.
La despechada Montse ya se las había ingeniado para saber de Carla, que es como se llamaba, ya que tenía una amiga que había ido con la mona al bachillerato, de pago, por allí abajo en Sant Gervasi. Nuestra chica alternativa era toda una niña de papá, que hacía cuatro días escuchaba La Oreja de Van Gogh y Fito como el resto de sus mortales compañeros de clase antes de hacerse guay. Tenía tan terrible acento de Barcelona al hablar que nuestro catalán, muy estándar, parecía del mismo Vic.
Nos miraba con una cierta indulgencia, a aquel grupo de raros vestidos con pantalones cortos y mallas, camisetas y con espardenyas de vetas después de venir de ensayar tremenda fricada pueblerina para una fiesta mayor sectaria. Era fácil adivinar su opinión callada, que no era otra que la de David, que un día, ya mayor de edad, descubrió Barcelona y se volvió loco. La manía le llegó tarde: cuando él iba nosotros ya hacía tiempo que habíamos vuelto de allí y sabíamos que lo bueno si es breve, dos veces bueno.
David perdía la paciencia a cada frase mía. Abría exageradamente las fosas nasales y el pecho se le hinchaba como el de un gallo apunto para la pelea. Nadie le había preguntado qué hacía en el pueblo, cuando ni siquiera vivía ya allí, sino en el Raval, con un primo suyo mucho más mayor, que era un porrero de pro.
Ajeno a la batalla dialéctica, Albert se atrevió con la cuestión, que David contestó en una ráfaga, como si fueran las tablas de multiplicar.
-Estoy aquí porque he vuelto al pueblo. Mi primo se ha mudado a Can Fatjó y me he venido con él para que no esté solo.
Me mordí la lengua pero se me escapó un chasquido.
-Muy bien, el Dani te quiere mucho, estará contento de tener un primo tan bueno como tú.
Hasta yo me asusté del tono sarcástico de mis palabras, así que añadí algo para intentar, al menos, retrasar la tormenta.
-No todo el mundo dejaría Barcelona para venirse aquí, no es lo mismo claro, y tú estás acostumbrado a todo aquello y tienes allí el curro…
David puntualizó.
-Trabajo en l’Hospitalet, Sara.
Puse los ojos en blanco.
-Sí, pero tienes allí a tu novia-dije mirándola toda amorosa- no sé, es una decisión muy dura.
David suavizó el tema con un par de formalidades y una cursilada de novela romántica barata que remató con un cándido beso a su novia.
De reojo, vi a Montse cogerse otro cigarro. A veces la despreciaba, tan débil, tan poco maliciosa, tan manejable que no se daba cuenta de que David no estaba enamorado de esa chica, aunque no tenía ninguna duda de que la quería y mucho. Pero no estaba enamorado. Yo le había aguantado todos sus romances anteriores y conocía la cara de gilipollas que solía poner. A los dieciséis años tenía una novieta que trabajaba en una peluquería en la otra punta del pueblo y la iba a buscar cada día andando, lloviera o granizara. No podía estar enamorado sin decirlo a los cuatro vientos, sin exhibirse con su pareja constantemente, sin follársela casi cada día. Pero a él le fascinaba este nuevo ambiente que representaba su novia. Lo exprimiría y devoraría hasta mimetizarse en él, y cuando lo hubiera conseguido, tiraría a un lado su presa en pos de una más grande. Nos encontrábamos como dos antiguos colegas de fechorías que ahora jugaban en bandos contrarios y que se vigilan silenciosos porque saben las estrategias del otro.
La chica me miraba con sus grandes ojos de vaca, alegre de haber congeniado con una amiga de su novio. Yo le devolvía la farsa, desplegando todas mis astucias para utilizarla de arma arrojadiza contra David. Carla hacía esfuerzos para recordar lo que le había dicho su novio de mí, y centraba la conversación en mis gustos para agradarme.
-Yo toco la guitarra, ¿tú tocas el piano, verdad?
-Sí, no demasiado bien, pero sí-y empezó a enumerar la lista de cantautoras pánfilas que le gustaban, como sacadas directamente de moñalandia.
-No los conozco-mentí. Soy un poco atrasada en esas cosas.
David lanzó de nuevo su pecho hacia delante.
-Para nada, lo que pasa que Sara es muy educada, pero detesta esos grupos, creen que son muy blandengues. She likes hard rock.
El acento de David me hizo reír muchísimo, porque recordé un día en que habíamos pillado una borrachera tremenda con una botella de anís y nos había dado por hablar en inglés. David se reía también y nadie entendía nada. Su novia falseó una sonrisa estupefacta.
David le pasó el brazo por los hombros y se empezó a burlar de ella.
-Mi pequeña Belinda Carlisle.
Eso fue la guinda del pastel, porque detestábamos a Belinda Carlisle y otro día, igualmente borrachos, habíamos estado cantando “Heaven is a Place On Earth” mientras correteábamos calle abajo de la mano, hasta que David se comió una pared. Ponía voz de falsete y se movía de manera exageradamente afeminada.
Me dolía la barriga de tanto reírme. David le contaba a su novia grandes patrañas, que éramos grandes fanes de la Carlisle, y que yo incluso había grabado una cinta con sus versiones.
Durante el resto de la noche, David, visiblemente entusiasmado, se dedicó a explicar nuestras historias, que caían como un jarro de agua fría sobre su novia, y que para Montse y para mí fue una gran rememoración de nuestros viejos tiempos. Los ojos de mi amiga brillaban con esperanza, al comprobar que David se acordaba a menudo de ella. Yo enseguida me uní a la loca verborrea de mi antiguo amigo, que se reía, gesticulaba y se llevaba las manos a la cabeza intentando recordar. Carla miraba a uno y otro lado de la mesa como si viera un partido de ping-pong, mientras nuestras manos y brazos se cogían enfrente de su cara parando un comentario del otro, añadiendo un detalle a la explicación o dándonos fuerzas para aguantar la risa. David incluso se levantó un par de veces para escenificar algunas situaciones o imitar a algún antiguo vecino nuestro. En unos segundos pasaba de ser el chico artificiosamente moderno a la señora Conchi con cojera incluida o la Sabri, la quillaca que vivía en el segundo primera de su edificio.
La novia empezó a impacientarse, y le recordó que ella al día siguiente tenía que madrugar. David le respondía que él también, y que todos nosotros currábamos al día siguiente, como si la menospreciara por seguir todavía en la universidad a sus veinticinco años. Para rematarlo, hizo especial referencia a mí, que me tenía incluso que poner un traje de chaqueta para ir a la oficina, en la otra punta, a Sabadell, porque tenía un trabajo muy importante, lo cual no era cierto. Mis amigos, algunos de los cuales empezaban a oler el asunto, la calmaban diciendo que un día era un día, y que se tomara otra cerveza, que la invitábamos. Albert, que siempre ha sido el descarado del grupo, la distraía diciéndole que se viniera a la fiesta mayor, que se lo iba a pasar muy bien. Ella declinaba con cara de asco; en cuanto acabara el curso se iba a su casa de Calella hasta agosto. Le iba a preguntar que el curso de cuál de las tres carreras que había empezado, pero pensé que mejor que la fiesta acabara en paz.
David cedió un poco, y anunció que se irían en seguida. Lo hizo unas cuatro veces, porque cada vez que se levantaba de la silla, se volvía a sentar, repentinamente alumbrado por algún comentario urgente, como el paradero de una antigua novia, o los amoríos de uno de nuestros amigos del barrio. Carla, que ya se había levantado, estaba de pie como un pasmarote, y miraba la silla, como si no supiera si sentarse o quedarse allí de brazos cruzados. Finalmente David se incorporó y nos fue a despedir a todos. A Montse le dio más besos que a nadie y la abrazó.
Cuando llegó a mí empezó a vacilar. Tenía los ojos muy abiertos y no pestañeaba. Me dijo algunas formalidades para despedirse, que se lo había pasado muy bien y que me llamaría. En su estilo, se arrojó sobre mí y me dio un enorme beso en la cabeza. Iba un poco bebido porque se tambaleaba ligeramente. De repente, su argumento de cambio de domicilio se derrumbaba. Y yo había sido tan tonta de creerme que se había mudado para estar con su primo.
-Ya estoy aquí. He vuelto. Nos veremos en la plaza, como antes.
Nuestro punto de encuentro ya no existía, hacía años que lo habían substituido por un bloque de pisos, pero era su manera de decir que nos había echado un poco de menos.

dilluns, 31 d’agost de 2009

the book of love will open up and let us in




La visió de Barcelona de nit sona a alguna cosa així...